Arturo, ¿cómo fue tu primer acercamiento con el básquetbol?
Mi papá falleció cuando yo tenía apenas ocho años. Él me traía en el lienzo charro y quería que yo fuera charro, como él. Sin embargo, cuando murió, la vida dio un giro radical. Éramos gente de rancho y, al quedarnos solos, mi mamá tuvo que sacar adelante a seis hijos.
El básquetbol se presentó en mi vida por mis hermanos mayores; yo los acompañaba a sus juegos y en cuanto tuve contacto con un balón, supe que era mi deporte. Si mi papá hubiera vivido, probablemente me habría ido por la charrería, pero el destino tenía preparado otro camino.