El verdadero precio de crecer
En los últimos años me he dado cuenta que una empresa puede venderle a un cliente en cualquier parte del mundo con unos cuantos clics. Las fronteras comerciales se han vuelto más pequeñas, pero existe una frontera que muchas veces seguimos sin aprender a cruzar: la que separa generar dinero de construir riqueza.
Un negocio puede aumentar sus ventas, comenzar a cobrar en dólares, abrir nuevos mercados y contratar más personas. Sin embargo, eso no necesariamente significa que los dueños estén construyendo mayor seguridad financiera.
Un empresario que piensa financieramente no solamente pregunta ¿cuánto estoy vendiendo? También pregunta: ¿cuánto estoy conservando? ¿Qué parte de lo que genero estoy convirtiendo en patrimonio? ¿Qué riesgos podrían afectar mi capacidad de producir? ¿Mi dinero está trabajando fuera de mi negocio? ¿Qué sucedería si algún día decidiera dejar de trabajar?
¿Por qué es tan fácil no hacerse estas pregunta a tiempo? Porque detrás de cada decisión financiera hay emociones. El entusiasmo por crecer puede llevarnos a elevar nuestro estilo de vida. El miedo a perder lo ganado puede impedirnos invertir. La necesidad de demostrar éxito puede convertir mayores ingresos en mayores gastos. Y la excesiva confianza en nuestro negocio puede hacernos olvidar que incluso las empresas más exitosas enfrentan ciclos, cambios y riesgos.
A esto le llamamos Inteligencia Emocional Financiera: la capacidad de reconocer cómo nuestras emociones, creencias y hábitos influyen en las decisiones que tomamos con el dinero. Es lo que distingue a quien solo mide cuánto vende de quien también mide cuánto conserva.