El síndrome del indispensable
En la cultura de las empresas familiares, muy características de la sociedad guanajuatense, es común escuchar a directivos y fundadores decir con orgullo una frase que, en realidad, debería encender todas las alarmas: “Si yo no estoy, esto no funciona”.
A primera vista, suena a compromiso total, liderazgo y experiencia. Pero visto de cerca, significa algo muy distinto: que la empresa depende demasiado de una sola persona.
Durante años hemos aplaudido la famosa cultura de “ponerse la camiseta” y el sacrificio total por el negocio. Sin embargo, hay una verdad incómoda: un líder que no puede ausentarse no es el pilar de su empresa, es su principal cuello de botella.
A esto se le conoce como el síndrome del indispensable: empresarios que construyeron una estructura tan atada a su criterio que la operación se cae en cuanto cruzan la puerta.
Son ellos quienes autorizan hasta el último pago, revisan cada cotización y necesitan estar enterados del mínimo detalle. Cuando sus empleados les dicen “es que sin ti no podemos”, en el fondo sienten cierta satisfacción, porque sentirse indispensable también alimenta el ego.
El verdadero problema aparece cuando la empresa crece, pero la forma de dirigirla no: organizaciones de cincuenta, cien o quinientos empleados que siguen operando como cuando eran solo ocho, con todo pasando por las manos del dueño.
Y mientras más cosas pasan por él, más importante se siente. Lo curioso es que estos mismos empresarios luego se quejan: “mi gente no toma decisiones”, “todo me lo preguntan a mí”, “nadie tiene iniciativa”. Pero durante años les enseñaron exactamente eso.
Piden autonomía, pero corrigen cada decisión. Quieren líderes, pero esperan que todos hagan las cosas como ellos las harían. Dicen que necesitan delegar, aunque les cuesta soltar el control.
Delegar no significa encontrar personas que piensen igual que tú; significa formar personas capaces de obtener buenos resultados aunque lo hagan de manera distinta. Al final, no importa el camino, importa el resultado.
El valor de un líder no se mide por lo que se hace cuando está presente, sino por lo que sucede cuando no está. No está mal apagar el celular de vez en cuando: si podemos hacerlo, es porque algo funciona bien. Tu familia te lo agradecerá.
Quizá el verdadero éxito de un empresario no es volverse indispensable, sino construir una empresa en la que, algún día, pueda darse el lujo de desaparecer.