El juego de posar
El consumo del deporte está sufriendo una mutación profunda. Hoy, la capacidad de sentarse a apreciar el esfuerzo físico, la estrategia o un partido completo de futbol, beisbol o tenis parece haberse esfumado, devorada por la implacable economía de la atención.
Lo vimos hace poco en los Juegos Olímpicos de París: estadios llenos de espectadores que grababan un clip de 15 segundos para sus redes sociales y abandonaban las gradas antes de que terminara la competencia.
Ya no se busca vivir la experiencia; se busca cazar el momento instagrameable, el shot perfecto que valide nuestra presencia en el evento de moda. Situación que es similar a los conciertos, en donde cada día es más común que artistas como Billie Eilish, Adele, Bruno Mars y Coldplay, entre otros, pidan a los espectadores que guarden sus celulares y vivan realmente la experiencia.
El US Open de este año nos dejó una imagen que retrata esta crisis de identidad: el partido de primera ronda de Naomi Osaka, cuatro veces campeona de Grand Slam y una de las atletas de mayor impacto comercial a nivel global por sus patrocinios con firmas como Nike, Louis Vuitton y Tag Heuer, tuvo que ser pausado debido a un grupo de influencers decidió montar una grabación de video en plenas gradas con los flashes encendidos.
Para alguien ajeno al tenis, la exigencia del silencio puede parecer un capricho elitista, pero en realidad es una regla no escrita de respeto y etiqueta centenaria. Al igual que nadie le grita a un jugador de golf o a los jinetes de equitación en una competencia, en el tenis se guarda silencio durante el punto por respeto a la concentración de los jugadores que están haciendo su trabajo.
Entre un punto y otro, el público es libre de hacer ruido, celebrar y grabar; el problema surge cuando el afán de notoriedad de un creador de contenido convierte la tribuna en su set de grabación personal mientras la pelota está en juego.
El choque de dos mundos: Tradición vs. negocio
Este fenómeno ha desatado una polarización en el ecosistema deportivo. Jugadoras americanas de élite como Coco Gauff, ganadora de 2 Grand Slams individuales, o Jessica Pegula, actual jugadora del top ten, han alzado la voz, exigiendo a los organizadores que cualquier invitado, sin importar cuántos millones de seguidores tenga, respete las reglas del juego.
Por otro lado, figuras como el estadounidense Taylor Fritz, del top 10 de jugadores masculinos, defienden esta apertura desde una perspectiva puramente comercial. En distintos podcasts, Fritz ha señalado una realidad innegable: el tenis necesita nuevos ojos.
La viralidad atrae a las generaciones más jóvenes, fomenta que la Generación Alfa comience a jugar y, sobre todo, asegura la viabilidad financiera de una industria que compite ferozmente por la atención contra los eSports y el entretenimiento digital.
Los números de los organizadores le dan la razón al negocio. El US Open, reportó ingresos récord superiores a los 560 millones de dólares anuales. El costo de otorgar una acreditación de prensa tradicional palidece ante el retorno de inversión y alcance inmediato que genera un influencer: por lo que medios y periodistas especializados que llevan décadas cubriendo el deporte hoy ven sus espacios reducidos.
Algunos de estos medios han probado con coberturas alternas para impactar nuevas audiencias, tal es el caso de Amazon Prime, que en años anteriores tenía partidos de NFL con narración y comentarios de los youtubers: Dude Perfect o NBC Sports que desde los olímpicos comenzó a acreditar tiktokers y youtubers en las coberturas.
El doble estándar de la visibilidad
El verdadero problema no es invitar a creadores de contenido, sino la peligrosa ausencia de límites que trae consigo el hype. Cuando la organización prioriza la exposición mediática por encima de la integridad de la competencia, se cruza una línea que desvirtúa el deporte.
Lo presenciamos recientemente en una disciplina completamente distinta: durante una exigente competencia de Hyrox en Beijing, la atleta que lideraba la prueba sufrió un severo episodio de diarrea al inicio de su carrera. En lugar de detenerse o ser retirada, continuó hasta cruzar la meta, manchando las instalaciones y el equipo compartido con materia fecal.
La organización titubeó y no aplicó sus protocolos de riesgo sanitario, paralizada por el impacto en redes que suponía descalificar a una figura de alta visibilidad. Resulta paradójico —y es un claro doble estándar— que en esas mismas competencias existan penalizaciones estrictas para un atleta amateur que ejecuta mal un ejercicio, mientras que una falta grave pasa por alto simplemente por el peso mediático del infractor.
Reglas claras para una nueva era
Ante este descontrol, específicamente en el tenis, torneos con un ADN más purista han decidido poner un alto. Wimbledon y Roland Garros anunciaron que cerrarán el paso a influencers externos, manteniendo un control riguroso sobre sus acreditaciones para garantizar que quienes ocupen los asientos de prensa vayan a enaltecer el deporte, no a eclipsarlo.