Aulas de adobe y cal
Cuando hablamos de nuestros ancestros prehispánicos, muchos crean en su imaginación escenas ficticias sobre sabios astrónomos, guerreros implacables, estoicos reyes y una sociedad ensimismada en la recolección de alimentos y la elaboración de joyas. Sin embargo, toda sociedad adopta el rol que ocupa a partir de las enseñanzas adquiridas. Así como hoy tenemos abogados informados y médicos especialistas, nuestros antepasados también fueron a la escuela.
En parte, es gracias a La Historia General de las Cosas de la Nueva España, escrita por el misionero fray Bernardino de Sahagún (1499-1590), que conocemos cómo se educaba a los jóvenes mexicas y la existencia de escuelas como el Calmécac, el Telpochcalli, el Ichpochcalli y los Cuicacalco.
El más conocido era el Calmécac, donde ingresaban los hijos de los nobles, quienes consagraban a sus pequeños a Quetzalcóatl. Detrás de sus paredes, estos jóvenes se preparaban para ocupar cargos religiosos, militares o de gobierno, por lo que aprendían astronomía, administración y otras disciplinas. Pero su formación también incluía tareas como barrer, acarrear leña, participar en obras públicas y colaborar en la agricultura.
En el Telpochcalli, consagrado al dios Tezcatlipoca, se preparaba mental y físicamente a los jóvenes para ser guerreros, mientras aprendían los valores de su sociedad y a desempeñar los mismos oficios que sus padres. Quienes demostraban mayor valentía y fuerza podían ascender a guerreros de élite o capitanes.
Por su parte, el Ichpochcalli, enfocado en la formación de las niñas, se les enseñaban tareas domésticas como el bordado y el tejido; también recibían educación sexual y aprendían a cumplir estrictas labores religiosas dedicadas a los ídolos.
Finalmente, estaba el Cuicacalco, una escuela de turno vespertino a la que niños y niñas acudían para aprender artes como la música y la danza. El objetivo de estos talleres era la transmisión de “flor y canto”, que constituía la lengua culta y el concepto filosófico para la creación artística, los discursos solemnes, la poesía y, sobre todo, la preservación de la historia y la religión.