Mujeres que cargaron con la historia

Antes de entrar a la novela conviene entender el juego que le da nombre. El pachinko es una máquina de origen japonés, algo parecida al pinball pero en posición vertical: el jugador lanza pequeñas bolas de acero que rebotan entre clavos y obstáculos. El resultado depende tanto del azar como de fuerzas que el jugador no puede controlar del todo. Es imposible no ver en esa imagen una metáfora perfecta de lo que vivirán sus personajes.

Pachinko, de la escritora coreano-americana Min Jin Lee, es una saga que abarca cuatro generaciones de una familia coreana obligada a emigrar a Japón durante la ocupación japonesa. Desde las primeras páginas, el libro puso a prueba mis emociones.

La discriminación que sufrían los coreanos en Japón me generó una molestia constante, de esa que no te deja leer tranquila. No es un racismo sutil ni ambiguo: es sistemático, cotidiano y brutal. Los coreanos no podían acceder a empleos dignos, cargaban con apellidos forzosamente japonizados y eran tratados como ciudadanos de segunda en un país al que muchos llegaron sin haberlo elegido.

Si digo muerte, digo vida, de Paula Assler.

El pachinko, ese negocio considerado deshonroso, era frecuentemente lo único a lo que podían aspirar. Pero lo que más me sacudió fue observar cómo esa opresión externa se replicaba puertas adentro, en el trato de los hombres hacia las mujeres.

Hay momentos en la novela donde la lógica masculina del honor y el orgullo choca de frente con el sentido común, y Min Jin Lee los retrata sin juzgarlos explícitamente, dejando que sea el lector quien llegue a sus propias conclusiones.

Frente a todo eso, las mujeres de esta novela me llenaron de admiración. Sunja, Kyunghee, Yangjin: cada una a su manera encontró la forma de sacar adelante a sus familias en condiciones que habrían quebrado a cualquiera. No lo hacen con heroísmo ruidoso sino con una terquedad silenciosa y cotidiana que es, al final, la forma más real de resistencia.

Hay pasajes en esta novela que te dejan con una impotencia difícil de sacudir, de esa que te hace soltar el libro un momento para procesar lo que acabas de leer. Momentos que revelan algo doloroso sobre el peso que ciertas culturas depositan en conceptos como el honor, y que como lectora occidental me resultaron a la vez extraños y perturbadoramente reconocibles. Pachinko es una novela incómoda y a la vez entrañable, y esto es su mayor virtud.

Lee más contenido de nuestra colaboradora Macrina López