El valor de la imagen: detrás de la narrativa y estética del cine
La base elemental del cine es la imagen, y aunque está conformado por múltiples dimensiones—literaria, sonora, interpretativa—su fundamento descansa, inevitablemente, en lo que nuestros ojos ven proyectado en ese lienzo pintado por luz.
Ahí reside también un arma de doble filo. Lo visual puede elevar una obra o, por el contrario, eclipsarla si permitimos que sea el único criterio que se aprecie. Es, quizá, uno de los vicios más comunes al hacer y ver cine.
Y no es difícil entender por qué. El cine nace de la imagen, y en ella encuentra su forma más inmediata de seducción: paisajes espléndidos, rostros magnéticos, encuadres que parecen imposibles. Todo ello surge de la imaginación y la destreza técnica de quienes construyen estos universos.
Sin embargo, cuando el énfasis recae casi por completo en lo visual, otras dimensiones pueden quedar relegadas. No se trata de desestimar estas obras ni de negar el placer que provocan. Pero vale la pena reconocer que, en ocasiones, ese esmero por lo estético puede dejar ciertos vacíos.
Un ejemplo claro es el cine de Zack Snyder. Películas como Army of the Dead, Zack Snyder’s Justice League o Sucker Punch destacan por su grandilocuencia visual: escenas épicas, uso constante de efectos y una acción que domina la narrativa. Y aunque algunas de ellas resultan profundamente disfrutables, también es cierto que pueden mostrar carencias en la construcción de sus historias, en la profundidad de sus personajes o incluso en la lógica interna de sus mundos.
Algo similar ocurre con la obra de Nicolas Winding Refn. Su estilo —marcado por luces neón, composiciones meticulosas y atmósferas densas— es inconfundible. Desde Drive hasta The Neon Demon o la serie Copenhagen Cowboy, su estilo roza lo pictórico. Sin embargo, si afinamos la mirada, podemos encontrar fisuras en el desarrollo de sus tramas o en la complejidad de sus personajes.
A esto se suma otro fenómeno: el peso del atractivo físico y la popularidad en la elección de protagonistas. Es un terreno delicado, pero inevitable de observar. La reciente adaptación de Cumbres Borrascosas, con Jacob Elordi y Margot Robbie, invita a preguntarnos si estas decisiones responden a una búsqueda artística genuina o a una estrategia que privilegia la imagen y el reconocimiento.
El cine, al final, es un todo. Disfrutarlo implica dejarnos llevar por su fuerza visual, pero es vital ser espectadores críticos frente a lo que la pantalla —y el mercado— nos ofrece.