Una leyenda que enseñó a México a competir con precisión,
dejando una huella imborrable en las duelas del mundo

Considerado como el mayor ícono del básquetbol mexicano, es orgullosamente leonés. Y aunque de niño conoció la adversidad, la convirtió en una carrera histórica: de los torneos locales saltó a campeonatos mundiales y Juegos Olímpicos llevando la camiseta tricolor. Invitado por varios equipos de la NBA, tuvo que decirles que no para seguir representando a su país. Hablar de Arturo es hablar de disciplina y ejemplo para el deporte nacional. Conozcamos más de su historia.

Arturo, ¿cómo fue tu primer acercamiento con el básquetbol?

Mi papá falleció cuando yo tenía apenas ocho años. Él me traía en el lienzo charro y quería que yo fuera charro, como él. Sin embargo, cuando murió, la vida dio un giro radical. Éramos gente de rancho y, al quedarnos solos, mi mamá tuvo que sacar adelante a seis hijos.

El básquetbol se presentó en mi vida por mis hermanos mayores; yo los acompañaba a sus juegos y en cuanto tuve contacto con un balón, supe que era mi deporte. Si mi papá hubiera vivido, probablemente me habría ido por la charrería, pero el destino tenía preparado otro camino.

¿Cómo nació tu legendario apodo de “Mano Santa”?

Nació en el año 1965 jugando con la Universidad La Salle contra un equipo de Estados Unidos. Yo no iba a jugar, pero expulsaron a un jugador y me metieron a la cancha y empecé a tirar. Los amigos que tenía ahí a pie de cancha me gritaban: “¡tírale, Pitos!”, y terminé metiendo 52 puntos.

El comentarista que transmitía el partido por radio se quedó sorprendido y dijo en vivo: “Bueno, este flaco, ¿de dónde lo sacarían? ¡Tiene una mano santa!”. Y ahí se quedó para siempre. Lo mejor de todo es que en ese juego asistieron los entrenadores de la Selección Nacional, vieron mi desempeño y me invitaron del Comité Olímpico.

¿Cuál ha sido el momento más significativo que has vivido en tu carrera?

Yo le prometí a mi mamá que iba a ser el mejor deportista de México. Lamentablemente, ella enfermó de cáncer de mama por las fechas en las que estábamos participando en los Juegos Olímpicos del 68. Fue en 1970, en Estados Unidos, que vi la noticia en el periódico de que había ganado el Premio al Mejor Deportista Mexicano.

El 29 de enero de 1971 me lo entregaron y vine corriendo a León a entregárselo en sus manos. Ella abrazaba el trofeo en su pecho, y murió el 20 de febrero. Sentí que cumplí la misión que le prometí.

¿Por qué no fuiste a jugar a la NBA a pesar de tener ofertas en Estados Unidos?

Tuve ofrecimientos de becas y de cinco equipos en Estados Unidos, pero con el reglamento que había en ese entonces, si jugabas en la NBA no podías participar en torneos internacionales con tu selección. Yo preferí mil veces estar con México. Esa regla de la FIBA se quitó hasta Barcelona 92, mucho después de mi época. Me quedé con la cosquillita de haber compartido la cancha con grandes leyendas, pero defender a mi país pesó más.

¿Cómo viviste tu etapa como entrenador de la Selección Nacional?

Dirigí a la selección en 153 juegos, ganamos 114 y perdimos 39. Logramos lo que hasta el día de hoy no se ha vuelto a repetir: la medalla de oro en los Juegos Centroamericanos y del Caribe en 1990 y la medalla de plata panamericana en 1991, cuando los Panamericanos eran una gran competencia. Me gustaba mucho compartir con los jóvenes e impulsarlos.

¿Cuáles consideras que fueron tus mayores logros como jugador?

Me tocó jugar más de mil juegos internacionales en los cinco continentes, en más de 70 países. Gané cuatro Juegos Centroamericanos y fui campeón anotador en los Juegos Centroamericanos del 66 y también gané en dos Juegos Panamericanos (Cali 71 y México 75). Fui subcampeón anotador en el Mundial del 67. Además, con el Club Sirio de Brasil, me nombraron el jugador más valioso de un Mundial de Clubes. Han sido varios logros de los que me encuentro muy satisfecho.

¿Qué consejo le darías a un joven que sueña tener una carrera como la tuya?

Yo siempre les he dicho que hay tres premisas muy importantes que mantuve toda mi vida y que sirven para cualquier actividad: disciplina, disposición y determinación. La disciplina es el respeto por lo que haces. La disposición es estar siempre listo y la determinación de hacerlo. Si aplicas esas tres reglas en el deporte, en tu trabajo y en tu familia, vas a triunfar.

“Yo creo que el destino sí existe”

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