El pachinko, ese negocio considerado deshonroso, era frecuentemente lo único a lo que podían aspirar. Pero lo que más me sacudió fue observar cómo esa opresión externa se replicaba puertas adentro, en el trato de los hombres hacia las mujeres.
Hay momentos en la novela donde la lógica masculina del honor y el orgullo choca de frente con el sentido común, y Min Jin Lee los retrata sin juzgarlos explícitamente, dejando que sea el lector quien llegue a sus propias conclusiones.
Frente a todo eso, las mujeres de esta novela me llenaron de admiración. Sunja, Kyunghee, Yangjin: cada una a su manera encontró la forma de sacar adelante a sus familias en condiciones que habrían quebrado a cualquiera. No lo hacen con heroísmo ruidoso sino con una terquedad silenciosa y cotidiana que es, al final, la forma más real de resistencia.