Una casa es el lugar donde se organiza la vida cotidiana; es un refugio, pero también un escenario de vida y en ella se forma una memoria íntima que va mucho más allá de la distribución en planta. Por lo tanto, las mejores casas no son las más grandes o costosas -y no quiere decir que no puedan serlo-, sino aquellas que responden con sensibilidad a la vida real de sus habitantes.
Actualmente no basta con resolver un programa arquitectónico; hay que considerar el clima, la orientación solar, la iluminación natural, la ventilación, el mantenimiento futuro, la posibilidad de adaptación y la relación de la vivienda con su contexto.
En la práctica profesional, esta forma de entender el proyecto implica trabajar desde la escucha, pero también desde el criterio para poder interpretar, orientar y traducir lo que se busca en una solución coherente. Lo que transforma la calidad de vida está en una distribución mejor pensada, en una relación equilibrada entre convivencia y privacidad; o en la posibilidad de que la vivienda se adapte a nuevas etapas sin perder su esencia.