El poder de lo que no se mide, pero te define

Hace unos meses, en la tipica junta de cierre de año y proyecciones para este, entre presupuestos y metas, alguien afirmó con total seguridad: “Si no se puede medir, no sirve”. Y me hizo pensar que, sin darse cuenta, estaba descartando uno de los recursos más influyentes en cualquier organización: lo simbólico, aquello invisible, pero con enorme influencia.

Y es que el capital simbólico se percibe justo ahí, donde las métricas no llegan, pero las decisiones sí. Es esa moneda social que define quién sí y quién no; quién convence y quién no; quién lidera, quién inspira confianza y quién termina siendo escuchado incluso antes de abrir la boca.

Sobrevivir a la positividad tóxica

En lo particular, viví algo similar al buscar a alguien para mi equipo. Después de revisar curriculums y entrevistas, me quedé con dos candidatos con estudios similares. Uno tenía un poco más de experiencia y mejores números, sin embargo, la otra persona entró a la entrevista de forma distinta: su tono, postura y seguridad cambiaron el ambiente. No dijo nada extraordinario, pero supe que era la indicada. El talento compite; el capital simbólico inclina la balanza.

Pierre Bourdieu, sociólogo francés, lo explicó mucho antes de que surgieran estos términos modernos como “presencia ejecutiva” o “soft skills”. El capital simbólico es ese conjunto de elementos culturales, sociales y perceptivos que generan legitimidad: reputación, forma, estilo, lenguaje, códigos compartidos e historia personal. No es lo que haces, es lo que representas.

Sobrevivir a la positividad tóxica

Y es que, aunque el sistema profesional moderno insiste en contarnos que el mérito basta y el esfuerzo será reconocido, la realidad es que quien ha caminado suficientes pasillos sabe que eso es apenas la mitad del cuento. El esfuerzo construye capacidad, pero el capital simbólico construye autoridad. Y autoridad no es imponerse: es que otros te reconozcan sin que lo pidas. Es a lo que en imagen pública se le conoce como reputación.

Lo fascinante es que este capital no se compra ni se hereda únicamente: se cultiva.

En cómo saludas, en tu narrativa personal, en la coherencia entre lo que dices y lo que haces, en la forma en que entras a una sala, y claro, también la forma en que te vas. En resumen, todo lo que comunicas sin palabras.

Entonces, el éxito deja de ser solo resultado de esfuerzo. Se vuelve resultado de cómo existes en el mundo porque al final, lo que no se puede medir y lo que parece invisible, es justamente lo que más te define. 

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