La mirada interrumpida: el cine en la era de la distracción

Tener algún dispositivo con pantalla cerca de nosotros es hoy casi un hecho incuestionable. Desde televisores y teléfonos celulares hasta electrodomésticos, las pantallas y nuestra dependencia hacia ellas han moldeado la forma en que vivimos y la manera en que interactuamos con el mundo.

Y sí, se nos ha diseñado. El margen de decisión frente a los grandes conglomerados que orientan nuestro consumo es cada vez menor. Esta lógica ha transformado profundamente la manera en que consumimos productos audiovisuales y ha afectado nuestra capacidad de atención, debilitada por un adiestramiento constante hacia la distracción y la inmediatez.

Esta idea se ve respaldada por declaraciones de Ben Affleck y Matt Damon en una entrevista para el podcast de Joe Rogan, donde promocionan su película The Rip. Damon señala que muchos guiones actuales se escriben asumiendo que el espectador tiene un teléfono en la mano. Por ello, las tramas tienden a sobreexplicarse de forma reiterada, anticipando que la audiencia se distraerá constantemente durante el metraje.

Toda obra audiovisual requiere una curva de desarrollo, ya sea lineal o fragmentada, pero la continuidad sigue siendo esencial en la mayoría de las narrativas. Esta continuidad exige atención por parte del espectador, y su ruptura constante representa un problema serio para la comprensión de la obra.

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Frente a este panorama, plataformas como Netflix —responsables de buena parte de la oferta audiovisual actual— suelen inclinarse hacia productos repetitivos y simplificados, priorizando la rentabilidad sobre el riesgo narrativo.

Siempre he pensado que son las pausas, los silencios y los espacios de contemplación los que configuran la profundidad de una película. Esto no implica necesariamente lentitud o aburrimiento. Frankenstein (2025), producida paradójicamente por Netflix, es una obra que permite que su historia respire y acompaña al espectador en el descubrimiento de sus personajes. Hament (2025) es otro ejemplo de cine profundamente emocional que exige atención para comprender la experiencia de una pérdida tan devastadora como la de un hijo. Finalmente, Valor sentimental (2025) se presenta como una película austera, pero rica en subtexto, que requiere tiempo y una mirada atenta para revelar su belleza.

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Menciono películas recientes porque, a pesar de que estas propuestas parecen ir a contracorriente de los hábitos actuales de consumo, demuestran que aún es posible crear y apreciar un cine que exija atención. Permitirnos ver con plena conciencia sigue siendo necesario para no perdernos los detalles, la belleza y las historias que el cine puede ofrecernos.

Lee más contenido de nuestro colaborador Salvador Ybarra