Belleza en movimiento

El cine, por mera definición, es movimiento. Movimiento que persigue la estética, la belleza. Ergo, el cine es belleza en movimiento.

Y tal intento de silogismo me conduce invariablemente a tender un símil entre el cine y el automóvil, también belleza en movimiento. La propia historia de ambos puede verse entretejida con la constante búsqueda obsesiva del movimiento, de quererlo lograr, de intentarlo atrapar. De ser dueños y artífices de lo dinámico, de propulsarnos, de transportar personajes hacia fines dentro de las historias.

Ambos inventos (cine y automóvil) nacen simplemente como ello, como aparatos, buscando tal vez en convertirse en la revolución de sus tiempos, sin sospechar que se significarían belleza. Arte. Y así, desde los inicios de ambos, auto y cine, movimiento y belleza, han sido inseparables en su historia.

Nicholas Cage en Mustang fastback

En las narrativas, los héroes necesitan moverse en el espacio; no existe caballero sin caballo. No existe James Bond sin la belleza en cuatro ruedas. El cine ha hecho un evento masivo la belleza de los autos. Es gracias a las películas de Bond que muchos hayan visto un Aston Martin o el exótico BMW z8 (que termina tristemente rebanado en dos partes) manejado por Pierce Brosnan.

O cuántas veces saltó Buster Keaton al interior de un descapotable en alguno de sus increíbles stunts. La innegable belleza en la secuencia de persecución en Bullit, con Steve McQueen al volante de un hermosísimo Mustang verde saltando por las calles de San Francisco, que años más tarde inspirara al nuevo ícono de los autos del cine llamado Eleanor, otro Mustang fastback (tuneado, cabe decir) con Nicholas Cage manejándolo en el ya clásico del 2000 “60 Segundos”.

Años antes, a fines de los 90’s, John Frankenheimer, cineasta de culto que en los 60’s revolucionara con la cámara convertida en el auto, rozando el asfalto a gran velocidad en su película Grand Prix, se autoreferencia con la magnífica (e infravalorada) Ronin, con gigantes como Robert De Niro y Jean Reno, en unas de las que yo considero mejores secuencias de persecución en la historia del cine, el hombre y la máquina en un BMW versus un Peugeot por las calles de París, y antes destrozando un Audi S8 en las sinuosas carreteras de la Costa Azul (aquellos mismos caminos en que Grace Kelly conducía un hermoso convertible azul, y en la que el destino uniría auto, carretera y la muerte de la misma actriz ya siendo princesa de Mónaco).

Grace Kelly, convertible azul

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