Habilidades humanas e IA

Durante años hemos hablado de preparar a las personas para el futuro del trabajo. Hoy, frente al avance de la inteligencia artificial, quizá necesitamos reformular la pregunta: ¿qué competencias necesitamos desarrollar para desenvolvernos en un mundo en el que la tecnología también puede aprender, crear y resolver problemas?

La respuesta no se limita en aprender a utilizar herramientas de IA. Está en desarrollar capacidades que permitan utilizarlas con criterio, cuestionar sus resultados y tomar decisiones responsables.

El Future of Jobs Report 2025 del Foro Económico Mundial señala que, hacia 2030, alrededor de dos quintas partes de las habilidades actuales podrían transformarse o quedar obsoletas. En México, el Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO) estima que 54 de cada 100 trabajadores requerirán actualizar sus capacidades o capacitarse para desempeñar una función distinta.

Esto nos lleva directamente a la educación: aprender ya no debe ser solo una etapa.

La universidad sigue siendo fundamental, pero el concepto de formación requiere ampliarse. En una licenciatura no basta con transmitir conocimientos de una disciplina; necesitamos desarrollar la capacidad de aprender, resolver problemas, colaborar, comunicarse y adaptarse.

En el posgrado ocurre algo similar. Profundizar en una especialidad es importante, pero también lo es aprender a integrar conocimientos, analizar escenarios complejos y convertirlos en soluciones para problemas reales.

La UNESCO plantea precisamente una formación en IA que no se limite al uso instrumental. Su marco para estudiantes incorpora pensamiento crítico, ética, comprensión, aplicación y creación, desde una perspectiva centrada en el ser humano.

Esto implica que formar para la era de la IA no significa solamente enseñar qué herramienta utilizar, sino también cuándo utilizarla, para qué, cómo evaluar sus resultados y qué responsabilidades tenemos al hacerlo.

Desde Capital Humano, esta transformación nos obliga a revisar algunas preguntas que hemos hecho durante décadas.

¿Qué estudió esta persona? ¿Cuántos años de experiencia tiene? ¿En qué puestos ha trabajado?

Siguen siendo datos relevantes, pero cada vez resulta más importante conocer qué sabe hacer, cómo aprende, cómo resuelve problemas y qué capacidades puede desarrollar.

El análisis del Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO) identifica justamente una tendencia hacia la contratación basada en habilidades, donde las competencias demostrables adquieren mayor relevancia frente a elementos tradicionales como los títulos o la trayectoria laboral.

 

Esto no significa que los títulos pierdan valor. Significa que ya no necesariamente cuentan toda la historia del talento.

Y aquí encuentro uno de los grandes retos compartidos entre instituciones educativas y organizaciones: comenzar a ver la formación como un proceso permanente.

Hay algo paradójico en esta transformación: mientras más capacidades desarrollamos en las máquinas, mayor relevancia adquieren determinadas capacidades humanas.

El análisis del IMCO señala que, junto con las competencias tecnológicas, crecerá la importancia de habilidades como el pensamiento analítico y creativo, la resiliencia, el liderazgo y el pensamiento sistémico.

La Organización Internacional del Trabajo, en su informe Tendencias Mundiales del Empleo Juvenil 2026, también advierte sobre la creciente exposición de algunos puestos juveniles a la IA y plantea la necesidad de combinar competencias técnicas con capacidades sociales y cognitivas, además de fortalecer el aprendizaje permanente.

Por eso, hablar de competencias para el futuro no debería llevarnos a elegir entre tecnología y habilidades humanas. Necesitamos ambas. Personas capaces de utilizar la inteligencia artificial, pero también de pensar críticamente, crear, colaborar, comunicar, cuestionar, decidir y asumir responsabilidad.

Porque quizá el verdadero desafío no sea preparar a una persona para ocupar un puesto que existirá en 2030. El desafío es formar personas capaces de seguir aprendiendo cuando ese puesto cambie. Y ahí es donde educación y organizaciones dejan de ser mundos separados: ambas tienen una responsabilidad en la construcción del talento que necesitará el futuro.

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