Desmenuzando el castigo por desempeño. 

Hay una realidad que como líderes y emprendedores nos cuesta muchísimo aceptar: no todos los que se van, lo hacen por una mejor oferta, mejor sueldo o mejores prestaciones. La realidad es que muchos se van porque ya no podían más.

Y sí, puede sonar fuerte. Pero la realidad es que el fuego que encendió la mecha no fue un mal ambiente laboral, ni un grito, ni un conflicto; fue algo mucho más sutil y mucho más peligroso, que empieza cuando tienes a alguien “muy bueno”: esos empleados que entienden todo rápido, que no se quejan, que resuelven, que sacan el trabajo sin que tengas que estar detrás de ellos, los que simplemente son nuestros “empleados estrella”.

Sobrevivir a la positividad tóxica

Y es justo ahí donde comienza el problema, porque sin darte cuenta empiezas a hacer lo que todos hacemos: los cargamos de más: más responsabilidad, más proyectos, más urgencias, más confianza. Todo con la mejor intención del mundo. Porque claro “pueden con eso”, y pueden, y pueden, hasta que un día la presión, la exigencia y el sentir el desequilibrio de actividades con respecto a los demás explota y simplemente un día dejan de poder.

Es esa costumbre casi automática de darle más trabajo al que mejor lo hace, simplemente porque sabemos que va a cumplir. Mientras el resto del equipo sigue con su carga normal, a nuestra “estrella” le sumamos más proyectos, más urgencias y más responsabilidades.

Sobrevivir a la positividad tóxica

La verdad es que no lo hacemos por mala onda, sino porque sabemos que no todos los miembros del equipo responden igual. Entonces el que sí responde, el que sí resuelve, se convierte en nuestro comodín, en nuestro lugar seguro, en nuestra solución rápida. Y sin darte cuenta, en el más sobrecargado. Es lo que en el ámbito laboral es conocido como “castigo por desempeño”.

Lo más peligroso es que no lo vemos como abuso, lo vemos como eficiencia: “Es que él es más rápido”, “Es que ella lo hace mejor”, “Es que confío en él”, “Es que se va a quedar hasta terminar”.

Y sí, el trabajo sale, pero esa confianza sin balance se convierte en desgaste. Y aquí viene la parte incomoda: el “mejor” no se quema por falta de capacidad, se quema por exceso de carga laboral, emocional y mental, porque no solo hace más, también sostiene más, piensa más, resuelve más y se preocupa de más, y todo eso cansa.

Sobrevivir a la positividad tóxica

Entonces un día pasa; no hay crisis, no hay drama y solo se va, porque no aguanta más, porque funcionar no es lo mismo que estar bien, cumplir no es lo mismo que tener satisfacción laboral y responder no es lo mismo que estar motivado. Y eso no se arregla con un aumento de último momento, ni con una promesa de que cambiará.

Eso se rompió mucho antes, desde que normalizamos el que hiciera el trabajo de dos, desde que dejamos de reconocer su trabajo porque era parte de su rol y desde que asumimos que porque era bueno siempre iba a estar ahí. Porque al final no se fue, al final tú, yo, lo empujamos. Y lo más peligroso, es que probablemente ya hay alguien más en el equipo en ese mismo proceso y todavía no te has dado cuenta.

Para evitarlo, el primer paso es dejar de premiar el buen desempeño con más carga y empezar a gestionarlo con criterio. Identificar quién esta trabajando y sosteniendo más de lo que le corresponde y redistribuir responsabilidades. Acuérdate, el talento no se cuida solo reconociéndolo, sino equilibrándolo, porque al final no se trata de si se va o no. Se trata de cuánto tiempo llevas viendo que se está yendo y decidiste no hacer nada. 

Lee más contenido de nuestro colaborador Rodrigo Gutiérrez