Hace unas semanas salí de una reunión sabiendo que no había dicho lo que debía decir. El tema llevaba dos semanas de retraso y nadie estaba dispuesto a pedir una fecha concreta. Yo tampoco. En lugar de decir: “Necesitamos definir hoy quién lo resuelve y para cuándo”, dije: “Revisemos qué dice el gerente para ver cómo avanzar”. No fue falta de claridad técnica. Fue otra cosa.
Cuando hablo de cansancio no me refiero a agotamiento físico. Me refiero a ese desgaste que aparece después de varias decisiones, conversaciones y, sobre todo, mucha anticipación de tensión. Porque sostener una conversación incómoda implica riesgo de incomodar, de tensar la relación, de que te digan que no o quedar expuesto si la decisión sale mal. Y ese riesgo cansa, porque cuando te cansas de anticiparlo, empiezas a suavizar.