Samuel (2024), que lleva el nombre de su protagonista, es una obra aparentemente pequeña: episodios de apenas cuatro minutos y algunos capítulos bonus aún más breves. Sin embargo, en ese tiempo mínimo logra capturar algo inmenso. Nos muestra los miedos silenciosos, las primeras ilusiones, la confusión, la pérdida y esa sensación constante de no entender del todo lo que nos está pasando.Historias sobre el crecimiento hay muchas.
Películas como Mi primer beso (1991), Aftersun (2022) o En los 90 (2018) han explorado, cada una a su manera, la fragilidad y la intensidad de crecer. Algunas lo hacen desde la nostalgia, otras desde la melancolía o el desencanto. Todas conectan porque, de algún modo, hablan de algo que reconocemos como propio.
Pero Samuel se siente distinta. Tal vez porque, al ser animada, puede entrar con libertad en los pensamientos, en los recuerdos, en esos momentos que parecen sueños o exageraciones propias de la adolescencia. La animación no adorna la historia: la vuelve íntima.