Los recuerdos en animación: reviviendo la fragilidad de crecer.

El paso del tiempo desgasta poco a poco nuestra memoria y, en muchos casos, también esa capacidad de asombro que parecía infinita cuando éramos niños. Esa etapa en la que todo era nuevo, donde el acontecimiento más pequeño podía sentirse enorme y el mundo frente a nosotros era un territorio abierto, misterioso y emocionante.

Por eso quise dedicar esta edición a una serie animada que me tocó profundamente. No solo por su sencillez visual, sino por la manera tan honesta y delicada en que retrata ese momento extraño y vertiginoso en el que dejamos de ser niños sin darnos cuenta.

Samuel (2024), que lleva el nombre de su protagonista, es una obra aparentemente pequeña: episodios de apenas cuatro minutos y algunos capítulos bonus aún más breves. Sin embargo, en ese tiempo mínimo logra capturar algo inmenso. Nos muestra los miedos silenciosos, las primeras ilusiones, la confusión, la pérdida y esa sensación constante de no entender del todo lo que nos está pasando.Historias sobre el crecimiento hay muchas.

Películas como Mi primer beso (1991), Aftersun (2022) o En los 90 (2018) han explorado, cada una a su manera, la fragilidad y la intensidad de crecer. Algunas lo hacen desde la nostalgia, otras desde la melancolía o el desencanto. Todas conectan porque, de algún modo, hablan de algo que reconocemos como propio.

Pero Samuel se siente distinta. Tal vez porque, al ser animada, puede entrar con libertad en los pensamientos, en los recuerdos, en esos momentos que parecen sueños o exageraciones propias de la adolescencia. La animación no adorna la historia: la vuelve íntima.

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Creada e interpretada por Émilie Tronche en su idioma original, la serie no idealiza esta etapa ni la vuelve dramática en exceso. La muestra como es: a veces incómoda, a veces hermosa, muchas veces confusa. Con una música que acompaña sin imponerse y una narrativa sencilla, nos invita a recordar detalles que quizá creíamos olvidados.

Ver Samuel es, de alguna forma, volver a sentir. Recordar cómo era vivir las cosas por primera vez. Y eso, en un mundo donde todo pasa tan rápido, se vuelve un pequeño regalo. A título personal, es una joya discreta. Una de esas obras que no hacen ruido, pero que permanecen. Un recordatorio de que la infancia no desaparece del todo: simplemente aprende a quedarse en silencio.

Lee más contenido de nuestro colaborador Salvador Ybarra