Una vida antes y después: Un amor materno que sobrevive al duelo

Uno de los últimos libros que escuché en formato de audiolibro en 2025 fue Si digo muerte, digo vida, de Paula Assler. Elegí este formato porque el título capturó de inmediato mi atención y porque se trataba de una obra breve. Me apetecía adentrarme en una historia corta, de esas que uno cree que puede escuchar sin demasiadas expectativas, sin imaginar el peso emocional que terminaría dejando.

Al inicio, el libro relata la vida de la narradora desde su infancia: su historia familiar, el divorcio de sus padres, la juventud, el matrimonio, los embarazos, el nacimiento de sus hijos. La narración fluye con claridad y una serenidad engañosa. Sin embargo, durante buena parte del relato no lograba comprender del todo hacia dónde se dirigía la historia. Había una sensación persistente de espera, como si algo fundamental aún no hubiera sido nombrado.

Si digo muerte, digo vida, de Paula Assler.

Fue entonces cuando acudió a mi memoria un video que vi en redes sociales: la noticia de dos jóvenes hermanas chilenas —de 24 y 34 años— que murieron ahogadas en una playa de Perú. En ese instante comprendí que el libro que estaba escuchando era la historia escrita por su madre. La revelación fue tan contundente como desconcertante. No entendía por qué gran parte del libro estaba dedicada a la vida de la autora cuando el tema central parecía ser la muerte de sus hijas.

Seguí escuchando. Llegaron entonces los capítulos más duros: la narración del accidente, las horas posteriores, el desconcierto, el retorno de la familia a Chile. El dolor se vuelve casi físico y es imposible no sentir una profunda empatía por la voz que narra. Ese suceso marca el punto de inflexión del libro.

A partir de ahí, Si digo muerte, digo vida se transforma en algo más que un testimonio de duelo. Paula Assler convierte la pérdida en una forma de habitar el mundo desde la resiliencia, sin negar el sufrimiento ni suavizarlo. Su mensaje va mucho más allá del lugar común de “la vida sigue”. Porque sí, la vida continúa, pero duele y aún así, es posible mirar más allá.

Entonces entendí por qué el libro comienza contando su vida: porque su existencia no se reduce a la muerte de sus hijas. Porque hubo un antes y hay un después. Porque incluso en ese futuro herido existe esperanza. Y porque, como ella misma afirma con una honestidad desarmante: “Soy feliz a pesar de que murieron las niñitas”.

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